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Historia y Orígenes

Ciudad a la medida del hombre

Vista desde fuera, llegando a ella por cualquiera de sus accesos - actualísimo empeño municipal y reto importante para este momento -, la ciudad de Castellón de la Plana presenta un aspecto en el que apenas se adivinan los trazos del recinto amurallado que, delimitado y levantado un siglo después de su fundación, fue desbordado pronto por los arrabales que crecían en su exterior.

A finales del siglo XVIII, al ser derribadas sus murallas, se establecieron las bases urbanísticas de la ciudad de hoy; abierta y luminosa, amplia y llana, situándose dicho siglo como el de la plenitud histórica de Castellón con la aparición de bellas formas artísticas en iglesias y edificios públicos y en la gran expansión demográfica y económica que comienza a vivir la ciudad y que ya tuvo su arranque en el comienzo de la industrialización y comercialización del cáñamo.

Una ciudad que hoy, a pesar de la servidumbre que el desarrollo suele cobrarse en todas partes, conserva su encanto provinciano y su señorío, con sus entrañables tradiciones, sus leyendas fielmente transmitidas de generación en generación y hasta su mitología familiar y casera -TombaTossals-.

Historia y origenes
jaimeI
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Orígenes de la ciudad

En Lérida, a 8 de septiembre de 1251, Jaime I extendía un documento por el que autorizaba a Ximén Pérez de Arenós, su lugarteniente en el reino de Valencia, a trasladar la villa de Castellón desde su emplazamiento originario al lugar de la llanura que le fuera bien visto como más apropiado.

La memoria tradicional sitúa la ejecución del autorizado traslado en la Cuaresma inmediata del año siguiente. Este hecho siempre ha sido valorado por el pueblo castellonense en su exacta interpretación de momento auroral de su existencia en el nuevo asentamiento de la alquería mora de Benirabe, y de ahí que el recuerdo del traslado se halle asociado, como es sabido, a la celebración anual de una romería a la ermita de la Magdalena que se levanta junto al castillo de los remotos orígenes.

Doce años antes, en 1239, hubo un intento de fundación de una nueva villa (en este caso en la alquería de Benimahomet), mediante una carta puebla otorgada por el primer dueño feudal que tuvo Castellón, don Nuño Sancho, señor del Rosellón. La Historia tenía determinado, sin embargo, que el nacimiento del nuevo Castellón había de venir de la mano de la Corona (hoy diríamos del Estado), lo que equivale a decir que tendría que iniciar sus pasos por el camino de las libertades y no de los condicionamientos y sometimientos feudales.

Ya es sabido que la vida en el Castellón de los siglos medievales tuvo unos caracteres plenamente urbanos, con importante peso de las actividades artesanas y comerciales por encima de la dedicación rural del cultivo de los campos, que también cobrará posterior y creciente desarrollo mediante el sistema de riegos con las aguas del Mijares.

Como muestra del impulso real al desarrollo económico, recordemos que en 16 de marzo de 1260 Jaime I autorizó la construcción de un camino para unir la villa con el mar, en el punto donde existieron precedentes prerromanos y ahora comenzaba a aparecer un incipiente tráfico marítimo precursor del futuro puerto.

Por otra parte, un documento de 17 de febrero de 1272 autorizaba la ampliación del casco urbano mediante el añadido de un arrabal que suponía la aparición de las calles de Enmedio y de Arriba, demostrando el favorable efecto de la atención real sobre el crecimiento demográfico de la nueva villa. El hijo y sucesor de Jaime I, Pedro III el Grande, desde Barcelona, a 7 de febrero de 1284 otorgará a la villa de Castellón la facultad de autogobernarse mediante la concesión del derecho a poseer sus propios órganos municipales. Bien podía aplicarse al Castellón medieval lo que se decía en aquellos tiempos de que el aire de la ciudad hace libres a los hombres.

Castellón asumió desde el siglo XIV la sede de una gobernación, y con ella un rol de capitalidad que no le ha abandonado a lo largo de varios siglos.

Pero la Historia no es una memoria inerte y muerta sino, un testimonio vivo de un fluir de generaciones que no cesan de sucederse y renovarse sin perder la referencia de un pasado común.

Desde aquella fecha del 8 de septiembre de 1251 hasta hoy ha transcurrido un solo y único discurrir histórico que ha tenido como protagonista al pueblo de Castellón; continuamente mutable en sus individuos por ley de vida, pero siempre el mismo en su común origen y comunes ambiciones.

Un largo y lento desfile de días y años; una continua sedimentación de hombres y mujeres de variada procedencia pero integrados en coincidentes ilusiones; una sucesión de cosechas (vid, canyamel, seda, cáñamo, naranja, según las coyunturas variables de la economía agrícola), de empresas comerciales e industriales; de logros culturales y artísticos; de fervores religiosos; de cambios políticos,… De historia fluyente sin cesar.

Una celebración del 750 aniversario de la concesión real de Jaume I que quiera ser fiel a su propio significado y a su trascendencia no puede quedarse en la mera evocación arqueológica de un antiguo episodio histórico, o sólo en motivo ocasional para celebrar unas sonadas fiestas. Exige una reflexión hacia el pasado como experiencia y hacia el futuro como ilusión. En aquel documento de 1251 iba implícita toda la capacidad de desarrollo que ha hecho posible estos tres cuartos de milenio transcurridos para nuestro pueblo, con alternancia de acontecimientos y sucesos tristes, pero siempre con el amor al progreso, al trabajo y a la libertad por bandera.

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